La palabra terrorismo sujeta numerosas connotaciones, sin embargo aún no existe una definición universalmente aceptada. Quien reaccione con simpleza, podría llegar a solucionar el problema diciendo “cuando lo ves, sabes qué es…” Pero si nuestro objetivo es enfrentar sus diversos matices para combatirlo, esto se convierte en un problema, pues no existen las palabras exactas que lo definan.
La convención de la OIC nos ofrece dos artículos que se acercan a dilucidarla, en el primero se atribuye la palabra terrorismo a "...cualquier acto de violencia o amenaza, prescindiendo de sus motivaciones o intenciones, perpetrado con el objetivo de llevar a cabo un plan criminal individual o colectivo con el fin de aterrorizar a la gente o amenazarla con causarle daño o poner en peligro su vida, honor, libertad, seguridad, derechos..."
El segundo artículo cita una tesis perturbadora y controversial, ya que señalan que: "La lucha de los pueblos, incluida la lucha armada contra el invasor extranjero, la agresión, el colonialismo y la hegemonía, que persigue la liberación y la autodeterminación de acuerdo con los principios del derecho internacional no se considerará un crimen terrorista".
Pero ¿hasta qué punto es aceptable tal definición si se emplean los niños como armas para causar miedo y doblegar la voluntad de aquel que es considerado como el enemigo? ¿No son acaso inviolables los derechos a la vida, al desarrollo, a un nombre y a una familia?
Qué podemos decir de estas preguntas, cuando nos presentan noticias como la de el pasado 10 de febrero, donde aparece en periódicos como El Tiempo y El Colombiano en primera página, el titular: "Un niño suicida mata a 31 cadetes en Pakistán".
Y qué pensar de la postura primitiva y grotesca expresada por Bin Laden en sus videos donde dice que "Hay dos tipos de terror. Uno bueno y uno malo. El que practicamos nosotros es terror bueno".
los niños actualmente forman parte del terrorismo suicida, aquel en el que no se separa la causa (constitución del Estado) de los medios (terrorismo), donde no es posible condenar el miedo, sin renunciar a apoyar su causa, ya que está incluido en la lucha armada sin escrúpulos morales o políticos.
Es indignante leer: "Un niño de 12 años con uniforme escolar se inmoló el jueves en un centro de reclutamiento del Ejército paquistaní en el noroeste del país, matando a 31 cadetes, dijeron las autoridades, en un atentado que desafía las palabras del Gobierno respecto a que ha debilitado a los integristas".
Acaso ¿es deber de un niño empuñar un arma? ¿No es su tarea empuñar colores, con los que pinte sus ilusiones y plasme a través de dibujos lo que aguarda en su mente inocente, libre de pensamientos sanguinarios?
El primer ministro, Yusuf Raza Gilani, condenó el ataque del jueves en el centro de Punjab: "Ataques tan cobardes no pueden afectar a la moral de las instituciones de seguridad y la determinación del país para erradicar el terrorismo", dijo en un comunicado.
En efecto y como lo expresa Roberto Toscano "si por el contrario el terror contra un gobierno no democrático no es terror, entonces envenenar niños en una guardería en Alemania nazi no habría sido terrorismo".
Cito lo anterior, debido a que de países como Pakistán solo llegan noticias de graves atentados, de suicidios guiados por el nacionalismo radical, de violaciones contra sus mujeres, de violencia directa.
Pero no vamos más allá del asombro, ya que por provenir de estos países damos todo por sentado, entonces ¿el terror es un fin o un medio? Para muchos es un medio, porque generalmente se buscan objetivos políticos o militares, pero el fin es aterrorizar a todos por igual.
Estos hechos me unen al llamado de tratar de combatir el terrorismo, de disminuir la cifra en la que se expone que uno de cada diez niños en Pakistán no cumplirá los cinco años y de luchar por que cada uno de esos mil niños y niñas que "no existen” oficialmente, aparezcan por derecho en las estadísticas y sean nombrados.
